#experimento
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¿Quién sabe lo que
significa ser un experimento?
Te advierten del dolor físico, de las agujas, de las luces cegadoras. Te preparan para la incertidumbre, para el miedo a lo desconocido, para la pérdida de control. Pero nadie, nunca, te habla del vacío que deja la ausencia de tu propio nombre. Del hambre de identidad. Del abismo que se abre bajo tus pies cuando entiendes que ya no eres humano, sino un conjunto de datos, una serie de reacciones medidas en un laboratorio.
Hay un momento –y llega para todos los que atraviesan esas puertas herméticas, aunque pocos sobreviven para contarlo– en el que la ciencia se convierte en una religión sin dioses, un ritual de tubos de ensayo y electrodos. Un hombre entra y algo más sale, pero nunca es lo mismo. A veces el cambio es invisible, un parpadeo en la mirada, un temblor en las manos. Otras veces, es una mutilación del alma. Un antes y un después tan definitivo como la primera vez que te arrancan un recuerdo.
Tomás nunca pensó que sería de los que se despedazaban. Siempre creyó en la resistencia, en la terquedad del cuerpo, en la certeza de que la mente es una fortaleza. No sabía –porque nadie se lo dijo– que hay experimentos que no se hacen en laboratorios, sino en los pliegues más profundos de la conciencia. No sabía que la luz blanca y fría de esas habitaciones no ilumina, sino que borra. Que cada dosis, cada aguja, cada máquina que zumba junto a tu cabeza no solo altera tus células, sino que te vacía, capa a capa, hasta dejar solo un cascarón con tus facciones.
No sabía que hay hombres que un día se miran al espejo y descubren a un extraño sonriéndoles desde el otro lado.
La historia de Tomás es la historia de todos los que han sido observados tras un vidrio polarizado, de los que han mordido en silencio su miedo para no darles el placer de verlos quebrarse. Es la historia de los que han sentido hilos invisibles moviendo sus músculos, de los que escucharon voces que no son suyas susurrándoles órdenes en la oscuridad. Pero también es la historia de los que, incluso rotos, encuentran una grieta en la perfección del sistema.
Esta no es una historia de héroes. No es una historia de salvación. Es la historia de un hombre que, en la soledad de una habitación blanca, rasca las paredes con las uñas hasta hacerlas sangrar, buscando una falla, una prueba de que el tiempo existe. Es una historia de silencios cómplices, de mentiras grabadas en expedientes médicos, de un nombre –Omega– que reluce en las pantallas como una sentencia. Y, sobre todo, de una pregunta que resuena en cada rincón de su mente fracturada, incluso cuando las voces intentan ahogarla:
¿Dónde termina el hombre y empieza el monstruo que han creado?
Si alguna vez sentiste que tu vida no te pertenece, que cada latido podría estar siendo medido, estudiado, poseído… esta historia es también la tuya.
Nota del margen: (escrita en
letra temblorosa, como si alguien hubiera forcejeado para plasmarla antes de
ser arrastrado de nuevo a la luz blanca):
Ellos creen que Omega es el final. La última letra del alfabeto. El fin del camino. Pero se equivocan. Omega no es un destino. Es un grito. El sonido que hace un cuerpo al desgarrarse entre lo que fue y lo que quieren que sea. Y Tomás… Tomás ya no sabe cuántas piezas le quedan por perder.
Te advierten del dolor físico, de las agujas, de las luces cegadoras. Te preparan para la incertidumbre, para el miedo a lo desconocido, para la pérdida de control. Pero nadie, nunca, te habla del vacío que deja la ausencia de tu propio nombre. Del hambre de identidad. Del abismo que se abre bajo tus pies cuando entiendes que ya no eres humano, sino un conjunto de datos, una serie de reacciones medidas en un laboratorio.
Hay un momento –y llega para todos los que atraviesan esas puertas herméticas, aunque pocos sobreviven para contarlo– en el que la ciencia se convierte en una religión sin dioses, un ritual de tubos de ensayo y electrodos. Un hombre entra y algo más sale, pero nunca es lo mismo. A veces el cambio es invisible, un parpadeo en la mirada, un temblor en las manos. Otras veces, es una mutilación del alma. Un antes y un después tan definitivo como la primera vez que te arrancan un recuerdo.
Tomás nunca pensó que sería de los que se despedazaban. Siempre creyó en la resistencia, en la terquedad del cuerpo, en la certeza de que la mente es una fortaleza. No sabía –porque nadie se lo dijo– que hay experimentos que no se hacen en laboratorios, sino en los pliegues más profundos de la conciencia. No sabía que la luz blanca y fría de esas habitaciones no ilumina, sino que borra. Que cada dosis, cada aguja, cada máquina que zumba junto a tu cabeza no solo altera tus células, sino que te vacía, capa a capa, hasta dejar solo un cascarón con tus facciones.
No sabía que hay hombres que un día se miran al espejo y descubren a un extraño sonriéndoles desde el otro lado.
La historia de Tomás es la historia de todos los que han sido observados tras un vidrio polarizado, de los que han mordido en silencio su miedo para no darles el placer de verlos quebrarse. Es la historia de los que han sentido hilos invisibles moviendo sus músculos, de los que escucharon voces que no son suyas susurrándoles órdenes en la oscuridad. Pero también es la historia de los que, incluso rotos, encuentran una grieta en la perfección del sistema.
Esta no es una historia de héroes. No es una historia de salvación. Es la historia de un hombre que, en la soledad de una habitación blanca, rasca las paredes con las uñas hasta hacerlas sangrar, buscando una falla, una prueba de que el tiempo existe. Es una historia de silencios cómplices, de mentiras grabadas en expedientes médicos, de un nombre –Omega– que reluce en las pantallas como una sentencia. Y, sobre todo, de una pregunta que resuena en cada rincón de su mente fracturada, incluso cuando las voces intentan ahogarla:
¿Dónde termina el hombre y empieza el monstruo que han creado?
Si alguna vez sentiste que tu vida no te pertenece, que cada latido podría estar siendo medido, estudiado, poseído… esta historia es también la tuya.
Ellos creen que Omega es el final. La última letra del alfabeto. El fin del camino. Pero se equivocan. Omega no es un destino. Es un grito. El sonido que hace un cuerpo al desgarrarse entre lo que fue y lo que quieren que sea. Y Tomás… Tomás ya no sabe cuántas piezas le quedan por perder.
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