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Nadie te dice la verdad sobre la maternidad. No la verdad completa, al menos. Te cuentan lo que pueden soportar decirse a sí mismos, lo

que han decidido recordar. Te advierten del cansancio, del sueño interrumpido, del cuerpo que nunca vuelve a ser el mismo. Te preparan para la ternura, para el amor absoluto, para la entrega sin condiciones. Pero nadie, nunca, te habla del hambre. Del vacío. Del abismo que se abre bajo tus pies cuando entiendes que ya no te perteneces.
Hay un momento –y llega para todas, aunque pocas se atreven a nombrarlo– en el que la maternidad se convierte en un umbral invisible, una línea que se cruza sin darse cuenta. Una mujer entra y otra sale, pero nunca es la misma. A veces el cambio es sutil, un pequeño desplazamiento en la identidad, un ligero desajuste en el alma. Otras veces, es brutal. Un desgarramiento. Un antes y un después tan irremediable como la muerte.
Ana María nunca pensó que sería de las que se rompían. Siempre imaginó que la maternidad sería difícil, sí, pero manejable, como lo son las grandes responsabilidades de la vida. Creía que bastaba con amor, con paciencia, con empeño. No sabía –porque nadie se lo dijo– que hay días en los que ni siquiera el amor es suficiente. No sabía que el amor puede doler, puede agotarte, puede sofocarte hasta volverse insoportable.
No sabía que hay madres que un día se miran al espejo y no reconocen a la mujer que las observa desde el otro lado.
La historia de Ana María es la historia de todas las mujeres que han sentido culpa por querer un respiro, que han guardado silencio para no parecer ingratas, que han ocultado su agotamiento detrás de una sonrisa vacía. Es la historia de las que han sostenido el mundo sobre sus espaldas mientras el mundo les exigía más. Pero también es la historia de las que, contra todo pronóstico, han encontrado una forma de sobrevivir.
Esta no es una historia cómoda. No es una historia bonita. Es la historia de una mujer que, en la intimidad de la noche, escribe con las uñas sobre las paredes de su propia desesperación. Es una historia de sacrificio, de rabia, de resistencia. Y, sobre todo, de una pregunta que no deja de repetirse, una y otra vez, como un eco imposible de acallar:
¿Dónde termina la madre y empieza la mujer?
Si alguna vez te lo has preguntado, esta historia es también la tuya.

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